Vivimos una época extraña, en la que el hombre moderno ha descubierto —o redescubierto— el valor del cuerpo, la alimentación y el ejercicio, pero ha perdido casi por completo la gramática del alma. Las redes sociales rebosan de dietas intermitentes, de “detox” de treinta días, de retos de abstinencia de azúcar o de alcohol. El mercado ha aprendido a vender la abstinencia como producto de consumo: gimnasios que imitan monasterios, aplicaciones que prometen disciplina, retiros de silencio que duran un fin de semana y cuestan lo que un mes de salario. Hay, en todo esto, un hambre real. El hombre contemporáneo intuye que la saciedad indiscriminada lo está matando, que el exceso lo ahoga. Pero apenas termina el reto, apenas se cierra el ciclo de la dieta o del propósito cuaresmal, sobreviene la recaída: el lunes siguiente todo vuelve a ser como antes. La abstinencia se ha convertido en un paréntesis, no en un camino.

Y aquí aparece la pregunta que ningún nutricionista puede responder, aunque la intuya: ¿qué queda cuando termina el ayuno? ¿Es la disciplina solo una interrupción temporal de la normalidad, o puede convertirse en una nueva forma de habitar el mundo?

La Herejía del Paréntesis

Existe una tentación sutil, casi invisible, que acecha a todo cristiano al terminar un período penitencial: la tentación de creer que el ayuno era una excepción y que la vida “normal” es la vida sin freno. Es la herejía del paréntesis: pensar que la Cuaresma es un tiempo aparte, una especie de torneo espiritual, y que la Pascua significa volver a la vida ordinaria tal como era antes. Bajo esta lógica, el ayuno se reduce a una performance, a un mérito que se acumula y se archiva. Y entonces el alma queda dividida: hay un tiempo “religioso” y un tiempo “secular”, un tiempo de esfuerzo y un tiempo de descanso.

Pero esta división es ajena a la antropología ortodoxa. El hombre no es un ser que alterna entre dos registros, sino una unidad psicosomática llamada a la theosis en cada instante. Si el ayuno fuera solo una pausa, no habría transformado nada. La razón humana, por sí sola, no alcanza a comprender esto: concibe la disciplina como medio para un fin (perder peso, ganar claridad mental, cumplir un propósito), pero no como estado permanente del corazón. Para entenderlo, hay que acudir a la Revelación y a la Tradición.

El Ayuno que No Cesa

La Escritura conoce dos ayunos. El primero es el ayuno exterior, el de la abstinencia de alimentos, que tiene su tipología en Moisés sobre el Sinaí (Ex 34,28), en Elías en el Horeb (1 Re 19,8) y, de manera suprema, en Cristo en el desierto (Mt 4,2). Pero junto a este, la Escritura presenta un segundo ayuno, más profundo, que los profetas anunciaron cuando el pueblo cumplía el primero con el estómago vacío y el corazón lleno de maldad: «¿No es este el ayuno que yo escogí: desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas del yugo, dejar libres a los oprimidos?» (Is 58,6). Este es el ayuno que no termina con el sonido de la trompeta, sino que se prolonga en la vida entera.

San Juan Crisóstomo, recoge esta doble tradición con una claridad pastoral que solo un pastor que conoce a su pueblo puede alcanzar. Escribe en Antioquía, hacia finales del siglo IV, en una comunidad donde muchos fieles habían soportado la Cuaresma con esfuerzo, pero la veían como una carga de la que por fin se libraban. El Crisóstomo no los reprende por su debilidad física —sabe que el cuerpo es frágil—, sino que les propone algo más exigente y, a la vez, más liberador: «Es posible que quien no ayuna, ayune». La paradoja es evangélica: el verdadero ayuno no depende del calendario, sino de la orientación del corazón. Quien se abstiene del pecado, aunque coma, ayuna; quien se entrega al pecado, aunque no coma, no ayuna.

Esta enseñanza hunde sus raíces en la antropología de los Padres griegos. Para Máximo el Confesor, las pasiones no son en sí mismas pecado, sino energías del alma desordenadas por el mal uso de la libertad. El ayuno verdadero es la metanoia continua, la conversión del nous (la mente espiritual) que reorienta todas las potencias hacia Dios. No se trata de eliminar el deseo, sino de transfigurarlo. Por eso el Crisóstomo insiste: no os pido que os abstengáis de todo, sino solo del pecado. La comida, el baño, el vino moderado, son bienes de la creación; el mal no está en ellos, sino en el exceso, en la desmesura, que es la raíz de toda pasión.

San Isaac el Sirio, en la Filocalia, lo dirá con una imagen inolvidable: el ayuno es como un caballo que lleva al jinete hacia la ciudad de la virtud; si el jinete se apega al caballo y se olvida de la ciudad, el ayuno se vuelve ídolo. El verdadero ayuno es el que permanece cuando la mesa se levanta, porque ha transformado la intención del corazón.

La Liturgia como Ayuno Perpetuo

La Iglesia no deja esta enseñanza en el plano de las ideas. La ora, la canta, la vive en su ciclo litúrgico. Al terminar la Cuaresma, en la Vigilia Pascual, no se nos dice: «Ya podéis volver a lo de antes». Se nos dice: «Cristo ha resucitado». Y la Resurrección no es un permiso para relajarse, sino una nueva creación que exige una nueva vida. El Typikón de la Iglesia establece que incluso en el tiempo pascual, los miércoles y viernes permanecen como días de abstinencia, no por legalismo, sino para recordarnos que la libertad del Resucitado no es licencia, sino amor crucificado.

Escuchemos un tropario del Menaion para el Miércoles de la Primera Semana después de Pascua: «Ayunemos, hermanos, con ayuno agradable al Señor: el ayuno que libera al alma de las pasiones, la abstinencia de los males, la mortificación de los deseos carnales, la cesación de la maledicencia, la continencia de la lengua, la ira, la mentira y el perjurio. En estas cosas el ayuno es verdadero y agradable a Dios». La himnografía no nos permite olvidar que el ayuno es una forma de vida, no un evento.

Y la Divina Liturgia misma es el modelo de este ayuno perpetuo. En ella, el sacerdote ayuna antes de comulgar, pero no porque la comida sea mala, sino porque la Eucaristía es el alimento supremo que relativiza todos los demás. Quien comulga con el Cuerpo de Cristo aprende a ayunar de todo lo que no es Cristo. La Liturgia es, en este sentido, la escuela del ayuno permanente: nos enseña a recibir todo como don y a no apegarnos a nada como si fuera absoluto.

El Lunes Después

¿Cómo vive esto un cristiano el lunes después de Pascua? ¿Cómo ayuna quien no está en Cuaresma? La respuesta del Crisóstomo es concreta y exigente:

Primero, examina tu exceso. No se trata de eliminar el placer, sino de identificar dónde la desmesura te esclaviza. ¿Es la comida? ¿El alcohol? ¿Las horas frente a la pantalla? ¿La necesidad de aprobación? El verdadero ayuno comienza allí donde descubres que algo te domina. No se te pide que lo elimines de golpe, sino que lo moderes, que lo orientes hacia Dios.

Segundo, ayuna de palabras. El Crisóstomo menciona la maledicencia, la mentira, el perjurio. Un ayuno de la lengua es más difícil que un ayuno de carne. ¿Cuántas conversaciones podrías transformar si ayunaras de la crítica, del chisme, de la queja? Este ayuno no rompe el cuerpo, pero sana el alma.

Tercero, ayuna de ira. La ira es una pasión que se alimenta de sí misma. Quien ayuna de ira no reprime la emoción, sino que la entrega a Dios en la oración, la transforma en intercesión. Es el ayuno más necesario en un mundo que se ha vuelto adicto a la indignación.

Cuarto, mantén la Eucaristía como centro. El ayuno no es un fin en sí mismo, sino una preparación para la comunión. Quien comulga con frecuencia descubre que el ayuno se vuelve natural, porque el alma está saciada de lo esencial.

Quinto, no te desanimes. El Crisóstomo sabe que somos débiles. No nos pide heroicidades, sino fidelidad. «Mantente alejado solo del pecado», dice. Y si caes, levántate. El ayuno verdadero no es una línea recta, sino una espiral ascendente.

Mirando al Reino

El ayuno que permanece no es una condena, sino una promesa. Es la señal de que el hombre no ha sido creado para el exceso, sino para la plenitud. En el Reino de los Cielos no habrá ayuno de alimentos, porque el Banquete es eterno. Pero habrá un ayuno de todo lo que nos separa de Dios, un ayuno que será, paradójicamente, la alegría perfecta. Los santos del desierto ayunaban no porque odiaran la creación, sino porque amaban al Creador. Su abstinencia era una forma de esperanza: sabían que este mundo pasa, y que el único alimento que no perece es la Palabra de Dios.

Al terminar la Cuaresma, la Iglesia no nos dice: «Ya está, podéis volver a lo de antes». Nos dice: «Cristo ha resucitado, y vosotros habéis resucitado con Él». La Resurrección no es un permiso para relajarse, sino una llamada a vivir en la novedad de vida. El ayuno que permanece es el que se convierte en acción de gracias. Cada comida, cada bebida, cada placer recibido con moderación se convierte en un himno a Aquel que nos da todas las cosas. Y así, mientras esperamos la Parusía, el cristiano aprende a ayunar de todo lo que no es Cristo, para poder decir con San Pablo: «Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Ga 2,20).

Que el Señor nos conceda no solo ayunar en Cuaresma, sino ayunar siempre: de todo lo que nos aparta de Él, para que, en la mesa del Reino, podamos sentarnos sin vergüenza y sin miedo, y comer del Árbol de la Vida. Amén.

St. Juan Crisóstomo